Vivimos en una sociedad donde gran parte de la energía no se dedica a servir, sino a captar. Captar clientes, votos, seguidores, adeptos, usuarios. Da igual si hablamos de empresas, líderes, partidos políticos, gurús, marcas tecnológicas o movimientos espirituales. El patrón se repite una y otra vez.
Durante la fase de captación, todo es amabilidad, promesas, atención exquisita y palabras bien elegidas. Te escuchan. Te entienden. Te hacen sentir especial. Parece que, por fin, alguien se preocupa por ti.
Pero una vez has entrado… algo cambia.
La fase dorada: cuando aún no eres nadie
Mientras no has comprado, no te has inscrito, no has votado, no has firmado, no te has comprometido… eres valioso. Muy valioso.
Eres una posibilidad.
Y por eso te ofrecen:
-
Facilidades.
-
Atención personalizada.
-
Descuentos.
-
Mensajes inspiradores.
-
Cercanía y empatía.
En esta fase, los “buitres” —llamémoslos así sin rodeos— despliegan todo su encanto. No porque les importes tú, sino porque representas un número más, una estadística que sumar, un objetivo que alcanzar.
La captación es seducción pura.
El gran engaño: confundir captación con valor
Uno de los mayores errores de nuestra época es creer que quien más capta, más valor aporta. Y no es cierto.
Aportar valor real implica responsabilidad, coherencia y presencia sostenida en el tiempo. Y eso cansa. Eso exige ética. Eso obliga a revisar errores.
Captar, en cambio, solo exige marketing.
Por eso vemos organizaciones brillantes por fuera y vacías por dentro. Discursos impecables, pero prácticas pobres. Mensajes elevados, pero comportamientos mezquinos.
Recuperar el criterio propio
Ante este panorama, hay una tarea personal inevitable: aprender a observar.
No tanto lo que te prometen, sino:
-
Cómo tratan a los que ya están dentro.
-
Cómo responden cuando hay un problema.
-
Qué ocurre cuando dejas de ser rentable.
-
Si escuchan o solo gestionan.
Ahí se ve la verdad.
Y quizá la pregunta más incómoda sea esta:
¿Estoy participando yo también en sistemas que captan, pero no cuidan?
Cuando la captación sustituye a la verdad
Hay algo todavía más delicado en todo esto.
La captación constante no solo agota a quien es captado. También deforma a quien capta.
Cuando una organización, un líder o un proyecto vive obsesionado con atraer, acaba perdiendo contacto con la realidad. Empieza a decir lo que funciona, no lo que es verdad. A prometer lo que seduce, no lo que puede sostener. A construir un relato que engancha, aunque no sea honesto.
Y poco a poco, la verdad se vuelve incómoda.
Decir “no llegamos”, “nos hemos equivocado” o “esto no es para todo el mundo” deja de ser una opción. Porque la máquina de captar no puede parar. Y cuando no puede parar, ya no manda la conciencia, manda la necesidad.
Espiritualidad, terapias y conciencia… también caen aquí
Sería cómodo pensar que esto solo ocurre en empresas, política o grandes corporaciones. Pero no es así.
También ocurre en:
-
El mundo terapéutico.
-
La espiritualidad moderna.
-
El desarrollo personal.
-
Las escuelas de conciencia.
-
Los movimientos alternativos.
Se habla de amor, pero se presiona.
Se habla de libertad, pero se crea dependencia.
Se habla de conciencia, pero se manipula desde el miedo a quedarse fuera.
La captación, cuando no se revisa, se disfraza de luz.
Y eso es especialmente peligroso, porque confunde, no despierta.
Servir de verdad es incómodo
Servir de verdad implica:
-
Poner límites.
-
Decir que no.
-
Acompañar procesos reales, no ideales.
-
Asumir responsabilidad cuando algo no funciona.
-
Priorizar a las personas que ya están, no a las que aún no han llegado.
Y eso no vende tan bien.
No es tan sexy.
No genera picos rápidos.
Pero crea algo mucho más sólido: confianza real.
Una pregunta necesaria
Tal vez la pregunta no sea solo:
“¿Quién intenta captarme?”
Sino también:
“¿Desde dónde yo me relaciono con lo que ofrezco, lo que compro, lo que sigo, lo que defiendo?”
Porque todos, en algún momento, estamos en los dos lados.
Y el verdadero cambio empieza cuando dejamos de alimentar sistemas que prometen mucho y sostienen poco.
El cambio de actitud: cuando ya has caído
El problema empieza cuando ya estás dentro.
Cuando ya has comprado el producto.
Cuando ya eres cliente.
Cuando ya has votado.
Cuando ya sigues fielmente.
Cuando ya formas parte del sistema.
Ahí, de repente:
-
Aparecen las letras pequeñas.
-
El servicio se vuelve lento.
-
La atención desaparece.
-
Las respuestas se automatizan.
-
Las decisiones ya no se explican.
-
Tus necesidades dejan de importar.
Lo que antes era “para ti”, ahora es “lo que hay”.
Y si te quejas, molestas.
Si preguntas, incomodas.
Si exiges coherencia, eres problemático.
No es torpeza, es estrategia
Esto no ocurre por casualidad ni por falta de organización. Ocurre porque el sistema está diseñado así.
La mayoría de estructuras modernas no están orientadas al servicio real, sino a:
-
Crecer.
-
Escalar.
-
Acumular.
-
Mantener poder.
-
Retener, no cuidar.
El objetivo no es que estés bien, sino que sigas dentro. Aunque no estés satisfecho. Aunque no recibas lo prometido. Aunque te adaptes a condiciones que jamás habrías aceptado al inicio.
Cerrar la puerta a los buitres
Cerrar la puerta a la captación vacía no significa aislarse ni desconfiar de todo. Significa observar, sentir y decidir con criterio.
Significa elegir proyectos, personas y caminos donde:
-
La atención no desaparece cuando ya has entrado.
-
El servicio no se degrada con el tiempo.
-
La coherencia pesa más que el marketing.
-
El ser humano importa más que el número.
Eso no es ingenuidad.
Eso es madurez.
Una reflexión final
La captación no es mala en sí misma. Todos necesitamos comunicar, invitar, proponer. El problema aparece cuando captar se convierte en el fin y no en el inicio de una relación honesta.
Cuando la energía se gasta en atraer, pero no en sostener.
Cuando se busca sumar personas, pero no servirlas.
Ahí es donde algo esencial se ha perdido.
Y quizá ha llegado el momento de dejar de dejarnos captar tan fácilmente… y empezar a elegir con más conciencia.