Introducción
Cuando nos sentamos a meditar y cerramos los ojos buscando un poco de silencio, casi siempre ocurre lo mismo: algo dentro de nosotros se pone en marcha para sacarnos de ahí. No es que nos falte voluntad, ni que la meditación no sea para nosotros. Es que la mente, en cuanto se queda quieta un momento, empieza a mostrar todo lo que el ruido del día a día normalmente tapa.
Llevo cerca de treinta años ejerciendo como terapeuta, empecé en 1996, y enseñando meditación Vipassana desde el año 2000. En todo este tiempo he visto aparecer una y otra vez los mismos cinco obstáculos. No es que a ti te pase algo raro: es lo que le ocurre a cualquiera en cuanto se detiene de verdad. Conocerlos es lo que hace que la meditación se sostenga en el tiempo, en lugar de convertirse en otra fuente de frustración.
1. Ira: cuando el resentimiento agita la mente
Nos sentamos a meditar y, en lugar de calma, aparece una escena del pasado: una discusión, una injusticia, una palabra que no debieron decirnos. La ira y el resentimiento no piden permiso: agitan la mente igual que el viento agita la superficie de un lago, y ese lago agitado de nuestros pensamientos no nos deja ver con claridad.
La ira, además, tiene niveles. A veces nace de algo consciente, una situación que reconocemos perfectamente; pero otras veces surge de forma inconsciente, sin que sepamos bien por qué estamos enfadados, porque percibimos más de lo que somos capaces de darnos cuenta, y ahí, en lo que no vemos, puede estar gestándose un enfado del que no encontramos la causa. Un ataque de celos, por ejemplo, puede estar relacionado con algo real que está ocurriendo con nuestra pareja, pero también puede ser el reflejo de un proceso interno, del propio sentirse amado, un eco de algo que ocurrió en el pasado con otra persona y que no tiene nada que ver con quien tenemos delante ahora. Por eso lo primero es analizar con calma qué nos está produciendo esa ira.
Cuando es muy intensa, la ira quema como un fuego, y no todos los fuegos son iguales: hay un fuego eléctrico cuando es propiamente ira, un fuego caliente cuando es irritación, un fuego irritativo cuando es indignación, un fuego destructor cuando es furia. Y tampoco es lo mismo enfrentarnos a una situación que acaba de ocurrir, con todo aún caliente, que a una que ocurrió hace tiempo y que, sin que la busquemos, reaparece justo cuando nos sentamos a meditar. En este segundo caso, lo que hace que vuelva a surgir es el rencor.
Creo que la ira, el enfado o los celos, al final, no son más que lo contrario del amor, del afecto y de la compasión; lo negativo que aparece ahí suele estar condicionado, muchas veces, por el rencor que arrastramos o por heridas que todavía no hemos resuelto.
La salida es soltar esa ira: perdonar. Perdonar a quien nos hirió, sí, pero sobre todo perdonarnos a nosotros mismos por seguir cargando con ello. El rencor es una forma de apego, apego al enfado, sea del tipo que sea. El perdón es desapego: dejar de estar enganchados a lo negativo. El perdón cura este estado: no es olvidar lo ocurrido ni darle la razón a nadie, es dejar de alimentar la herida cada vez que nos sentamos a meditar, para que el lago pueda, por fin, quedarse quieto.
2. Preocupación: la mente que no deja de dar vueltas
Otras veces no es el pasado el que interrumpe la meditación, sino el futuro: lo que tenemos que resolver, lo que tememos que salga mal, la lista de pendientes que la mente insiste en repasar justo cuando queríamos estar en silencio. Una mente constantemente preocupada no puede estar presente, porque está siempre en otro lugar y en otro tiempo.
Lo que ayuda aquí no es tratar de no pensar en ello: eso casi nunca funciona. Ayuda afrontar el problema, comprenderlo con claridad, y buscar, fuera del cojín, una acción concreta que lo encauce. Incluso podemos aprovechar ese mismo momento de claridad interior que da la meditación para pensar, con nuestras propias facultades mentales, en la solución, en lugar de posponerlo todo. He comprobado muchas veces que la preocupación pierde buena parte de su fuerza en cuanto sabemos qué paso vamos a dar, y entonces la mente puede soltarla y volver a la meditación.
3. Indolencia: la falta de energía para practicar
La indolencia tiene que ver, muchas veces, con cómo vivimos nuestras relaciones. Por mantener la paz, por que no pase nada incómodo, tendemos a dejar que sean los demás quienes decidan sobre nuestra propia vida; y cuando llega el momento de sostener una decisión propia que puede molestar a otra persona, en vez de mantenerla, nos ablandamos y nos adaptamos a lo que esa persona, ese grupo o esa situación espera de nosotros, en lugar de a lo que realmente queremos hacer. Esto es, muchas veces, lo que luego se manifiesta como indolencia cuando nos sentamos a meditar. A veces lo notamos en la vida diaria, y a veces no: hay personas que sí perciben esta falta de autenticidad, y otras que no. Pero en el fondo se trata siempre de lo mismo: una parte de nuestra forma de vivir en la que no estamos siendo auténticos, en la que nos dejamos llevar por la corriente de pensamientos, acciones o situaciones que nos envuelven.
Y así, cuando nos sentamos a meditar, no es que la práctica nos pese o nos aburra: nos sentamos con buena disposición, pero enseguida nos entra sueño y nos quedamos dormidos, sin poder continuar. Es sueño, esa pereza somnolienta, y aparece precisamente porque no estamos siendo consecuentes con nuestra propia conciencia.
La indolencia se supera con coherencia: reconociendo, con honestidad, en qué momentos estamos actuando en contra de lo que realmente queremos, y tomando la decisión de alinearnos con ello. Ayuda preguntarnos, con sinceridad: ¿estoy diciendo sí cuando en realidad quiero decir no, o al revés? Porque eso, precisamente, es dejarnos llevar por la corriente en lugar de sostener nuestra propia coherencia. Hay que tomar la decisión de que, la próxima vez que la vida nos ponga ante ese mismo momento, seamos consecuentes con lo que realmente queremos, aunque eso incomode a otros; solo sosteniendo esa decisión podremos, después, sentarnos a meditar sin que el sueño nos venza.
Esto funciona incluso dentro de la propia meditación. En medio de ese sopor, de esa niebla soñolienta de la mente, basta con detenerse un instante y decidir qué quieres ver, en qué momento estás dejando de ser auténtico, y decidir ahí mismo que la próxima vez que ocurra algo parecido vas a serlo. Solo eso, una decisión tomada en ese preciso instante, basta para que el sueño se retire y puedas seguir meditando. Así de potente es una decisión.
4. Miedo: lo que nos paraliza
El miedo es, quizás, el obstáculo más silencioso, y para paralizarnos y hacernos evitar justo aquello que necesitamos enfrentar, la mente juega con nuestros pensamientos de maneras muy concretas. A veces nos dice: «¿para qué vas a meditar, si esto no sirve para nada?». Otras veces aparece alguna molestia mientras meditamos, y la mente añade: «esta molestia es mala, mejor que lo dejes, meditar te va a hacer daño». Y otras veces, simplemente: «¿para qué vas a meditar con todo lo que tienes que hacer? Deja las tonterías y ponte con lo tuyo, no hace falta que medites». Son voces que, en el fondo, también aparecen en la vida normal, justificando la manera en que nos enfrentamos, o dejamos de enfrentarnos, a las situaciones; son manifestaciones de miedos más esenciales que llevamos dentro. Cuando ocurren en plena meditación, todas terminan diciendo, más o menos, lo mismo: sal de aquí.
Con el miedo no sirve huir, porque cada vez que huimos le damos más poder. Propongo tres niveles de respuesta, de menos a más profundo.
El primero es reconocerlo: darte cuenta de que eso es miedo, en vez de seguir el hilo de esos pensamientos, y atenderlos con cariño y afecto, como un mindfulness de los propios pensamientos, una aceptación plena de lo que está ocurriendo, sea del tipo que sea. Funciona muy bien incluso cuando el miedo es muy acusado, como en una situación de ansiedad profunda: te relajas un instante, reconoces «esto es ansiedad», y le preguntas «ansiedad, explícame qué te pasa», dejando que te hable y suelte todo lo que lleva dentro. A medida que la cabeza va soltando lo que tiene, te vas relajando y encontrando mejor, porque por fin estás prestando atención de verdad a tus propios pensamientos.
Si el miedo vuelve una y otra vez, aunque ya hayas bajado su intensidad, con la aceptación no basta: hay que entenderlo en profundidad. Esto pide detenerse y dialogar contigo mismo, y no hace falta que sea meditando: puede ser paseando, escribiendo de forma automática, o simplemente reflexionando, hasta comprender de verdad por qué y de dónde vienen esos pensamientos. También pueden ayudar sistemas terapéuticos concretos, como la sofrología, o pedir ayuda a alguien que te acompañe en ese proceso.
Y hay un tercer nivel, el definitivo, para cuando a pesar de todo el miedo sigue volviendo, ya dentro de la propia meditación: decir que no. Un no rotundo, sin interrogantes, un no de silencio: ordenar callarse a esa voz del miedo, y sostener después ese silencio sin dejar que los pensamientos vuelvan a crecer, con fuerza interior. Para ese último nivel no hay otra manera.
5. Escepticismo: la duda que cierra la mente
El escepticismo aparece cuando alguien cierra la mente a cualquier posibilidad. Intentas explicarle algo y responde, casi sin pensarlo: «eso es imposible, no puede ser», sin analizarlo siquiera un poco, porque ya parte de una premisa fija en su cabeza de que aquello no puede ser cierto.
Suele darse en personas que, en algún momento, vivieron una frustración importante por haber tenido la mente abierta, y que desde entonces tienden, casi por naturaleza, a cerrarla y a analizarlo todo solo desde lo que ellas mismas entienden y ven. Es no querer aceptar nada que venga de fuera: una especie de egoísmo, en el sentido espiritual, que nos encierra dentro de nuestra propia cáscara. Y al cerrarnos así, lo único que queda como válido es lo que ocurre dentro de nosotros mismos; nada de lo que venga de fuera puede serlo. Por eso el escepticismo, sostenido en el tiempo, nos dice en realidad que no hay ninguna posibilidad, que no podemos crecer ni ir a ningún lado, que solo podemos movernos hacia nuestro propio mundo interior, un mundo que, precisamente por cerrado, tiene sus propias limitaciones.
La meditación se basa en el presente, en el ahora, en una experiencia siempre cambiante. Si te sientas a meditar queriendo que sea exactamente como tú quieres que sea, no funciona así, y no vas a poder meditar. Hay que abrir la mente: no es fe ciega, es la disposición a investigar y a explorar lo desconocido antes de sentenciar. La meditación no pide que creamos nada de antemano; pide que la probemos con la misma apertura con la que probaríamos cualquier otra cosa que todavía no conocemos del todo.
La práctica constante como camino
Ira, preocupación, indolencia, miedo y escepticismo no significan que algo vaya mal en nosotros. Es lo que la meditación nos muestra para que podamos trabajarlo. La práctica constante, y entender estos cinco obstáculos, es lo que permite liberar la mente y llegar a nuestra esencia.
Si te reconoces en alguno de estos cinco puntos, o en los cinco a la vez, que también es muy humano, te invito a nuestros talleres de meditación online, todos los lunes y viernes. Es un espacio semanal para practicar acompañado y seguir soltando lo que no te deja sentarte en paz.